Teorema de incompletitud de Gödel


Kurt F. Gödel, en «Sobre las proposiciones formalmente indecidibles de los Principia Mathematica y sistemas afines» [paráfrasis]:

«Existen argumentos lógicos imposibles de ser deducidos verdaderos o falsos; entre ellos, la coherencia de dichos razonamientos.»

La existencia verdadera o falsa de algo (por ejemplo, las piedras; al contrario, las hadas), no implica que la misma sea demostrable así, ni que deba o no tenerse fe en cualquiera de estas posibilidades.

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 12 de junio de 2013

SE LLAMA PREVENCIÓN

Rondará la imagen de su ojo las entrañas de los pensamientos que, inevitables, le recordarán día a día lo abrumador de toda aquella certeza, igualmente inevitable. Un ojo de proporciones perdidas. La fecha: dos, tres, cuatro, ..., algunos años harán. Perdidas con la piel cicatrizada y sin pestañas de un rostro que en su debido momento carecerá del amparo neutral ante el ácido imperdonable. Él olvidará la furia de aquellos fluidos despiadados: si no queman, mejor escrito, descomponen, entonces condenan. Aunque en su caso la quemarán y condenarán a una fealdad tolerable, e incluso prescindible, sin embargo de todas formas catastrófica y lamentable.

Él no se perdonará jamás haber mezclado ambas transparencias tan de golpe; la transparencia del agua y la transparencia protónica: la transparencia del sulfato de hidrógeno diluido, ácido sulfúrico transparente. Él habrá vertido en un vaso de precipitados, PYREX según decía la receta, sin haber olvidado servirse de sus guantes eso sí, el sulfúrico. Se hallará muy lejos de la campana de extracción de gases. Tan lejos y no se imaginará nada sobre lo que después ocurrirá. Antes «bromeará» con otro diciéndole «Luego estos PYREX ni son PYREX. El otro día metí un matraz bola a la tarja y se quebró luego luego. Ahora me lo están cobrando, pero ya veré si lo pago o no. ¡Es que están demasiado caros!». A lo que este otro preguntará «¿Estaba muy caliente, o qué?». La contestación será «Pues sí. Era la del ciclohexano.» Entonces el otro cuestionará «¿Y por qué si estaba caliente lo pasaste al agua fría?» Y la respuesta será, sin más, «¡Porque ya me quería ir!» El otro se incorporará a su mesa de trabajo entre detestando e intentando restarle importancia a aquellas palabras de insipidez atroz. No se imaginará tampoco la tragedia que a todos resultará incómoda por el resto de sus días entre muros de gente repetitiva durante una generación a lo largo y ancho de dos, dos y medio, y tres años posteriores.

Batas blancas y la Bata mayor, un doctor por doctorado. ¡Si tan sólo estuviere un doctor por mérito médico al alcance de la mano! No, para el caso será al alcance del ojo. La mayor de las Batas hablará; la mayor de las Batas terminará de hablar. A esas alturas todos habrían de saber qué hacer y cómo comportarse. Unas alturas imprecisas, pero supuestas sólo para eludir algunos aspectos entre ociosos y aburridores. Esto será, que no hablará de toxicidades o de peligros, sino de rutinas operativas: rutinas en su rutina de trabajo. Nadie les habría explicado gran parte de los procedimientos. Nadie los habría considerado gente adulta, sino gente (si es que a gente llegarían) insulsa, boba. Así pues, las alturas que habrán de suponerse serán terrenos bajos, fértiles, sin embargo mal trabajados para los hechos más fundamentales.

«La seguridad ante todo» lucirá como la peor falacia. Una falacia anunciada de vez en vez por la Bata mayor de allí, o de más allá, de burocracias que jamás vestirían una bata. Increíblemente, pero cierto, no todas las Batas conocerían desde sus alturas las premisas de un laboratorio seguro: trabajar vapores en la campana con el cristal tan bajo como para evitar cualquier proyección, trabajar con guantes no solubles en casi nada (de nitrilo) desde siempre y para siempre, trabajar con la bata tan larga como las rodillas aguarden a ser cubiertas, trabajar con las gafas de acrílico, ¡con las gafas!... Nadie se habría percatado de tantas omisiones. Batas menores que desconocerán el proverbio «jamás des de beber agua a un ácido», o que ignorarán (no por voluntad verdaderamente propia) la existencia de un interruptor que activaría el pequeño pero suficiente ventilador depurador de aires toxificados por el oficio. Batas menores que se definirán incrédulos ante lo cancerígeno del benceno, o del tolueno, o de cualquier contenido líquido con fenilos amenazadores: nitrobencenos o ácidos bencensulfónicos, por qué no.

Entre toda esa orgía de impiedades contra el cuerpo, se generará el accidente, trago amargo y funesto para un ojo lacerado negligentemente, para ojos observadores y temerosos de su propia vulnerabilidad, y para un par de ojos que aparte de su vulnerabilidad reflejarán culpa; «Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa» y jamás la culpa ajena, es decir, jamás la culpa mayor en bata. Para el ojo afectado será una culpa inexplicable. Sí explicable por sus carentes previsiones, pero no por sus secuencias cinematográficas detalle a detalle. Porque el ojo afectado quisiere saber cómo o por qué. Cómo habrá llegado a tal punto. Por qué. Son las cosas que siempre ocurren, o sea ocurren sólo así, sustentadas en pasados inmediatamente catastróficos al convertirse en partes del presente.

Cómo será: la Bata menor, el «PYREX que no es PYREX», se granjeará con aquellas transparencias, agua y ácido sulfúrico. La Bata menor tendrá conciencia de mayor comodidad fuera de la campana de extracción. La Bata menor cargará con el envase ambarino dos, tres, cuatro,... veinte pasos, hasta reposarlo sobre la superficie gris de acero inoxidable. La Bata menor destapará el envase ambarino, dejando abandonada la tapa negra, de polipropileno o algo similar, y también el envase con el contenido que ya estará emanando sus vapores, muestra de la saturación de la solución. Se colocará los guantes más próximo a una incipiente luz solar proveniente del amanecer, aunque más alejado del peligro latente. Llenará un PYREX, vaso, y se hará confirmar, como ya se ha mencionado, por su opinión, «PYREX que no es PYREX». El contenido será agua corriente, salida del grifo, cuando hubiere de ser agua destilada y desionizada. Llamará, cosa que lamentará más tarde, al ojo inicialmente sano que pasará a ser el ojo afectado. Lo hará para conversar, únicamente por distraerse entre coquetería prefabricada y sonrisas esperadas. El ojo femenino mantendrá su piel lisa y limpiamente humectada, maquillada, por unos segundos más. Él verterá la transparencia sulfúrica en otro PYREX vacío. El ojo coqueto asomará su curiosidad y a continuación la mano del «PYREX que no es PYREX» verterá sin la mayor aprensión apropiada el contenido disolvente hacia el otro PYREX, el ácido. Entonces, la alegría armoniosa se esfumará repentinamente. El agua arremeterá en sus veinte o veinticinco mililitros contra otros treinta o cuarenta mililitros de ácido sulfúrico ya excitado, atronador. Tanto que el trueno se despachará salpicado directamente al párpado del ojo sorprendido y maquillado en sus veinte o treinta gotas de inesperado horror. Tres mililitros desdichados. Las manos del ojo, no sabiendo qué hacer, se arrojarán sobre la sorpresa y arruinarán más lo que hubiere podido ser menos. El «PYREX que no es PYREX» preguntará una y otra vez, estupidizado por su propia estupidez, qué es lo que habrá ocurrido. Un minuto más de preguntas y de una mano cubriendo un ojo que jamás volverá a ver será el acabóse. Una tercera persona se aproximará a la escena acongojadora y con la congoja en la boca hablará de urgencia por un no sé qué, pero de incumbencia para la Bata mayor, el doctor que no sería médico.

«¡Ah!» el gemido y «¡Ah!» el frío del lavaojos tardío. Un chorro de agua potable que diluirá lo diluible. Sin saber qué más hacer, todos callarán. Dos, tres minutos de silencio aterrador. El «PYREX que no es PYREX» notará sus orejas calientes, la cabeza que dará vuelta y una incontenible intención de vomitar. Consciente de la ausencia de un sanitario inmediato, aprovechará la tarja que a su izquierda le ofrecerá una paz efímera, sin embargo relajante. Ansiedad por culpa, vomitada. Una pasta de carbonato de sodio y un ungüento serán paliativos al «¡Ah!», el ardor inconfundible de los ácidos sobre la piel. Será acompañado el ojo lacerado a la enfermería. Todos se dirigirán con cierta rapidez, dos, tres, cuatro, plantas y luego dos, tres, cuatro, ..., trescientos pasos hasta llegar al puesto con el doctor que sí será médico. En la espera, un breve interrogatorio y la dirección prescrita y urgente al hospital más cercano especializado en Oftalmología. Travesía tras travesía en la grisácea vida que le restará al ojo dañado. Se lo habrá restablecido, al ojo, dos días después con un parche y la mínima esperanza de una poca visibilidad restante. El «PYREX que no es PYREX» será requerido por lo que sabría y poco ayudará. O bien, sólo ayudará a embarrarlo más en su culpa.

Pasarán los días y el ojo, ya sin el parche de gasa y algodón, efectivamente sólo verá gris. El ojo izquierdo, el ojo sano, se desorientará y tropezará de vez en vez, pero funcionará con normalidad al cabo de unos meses. Ni el ojo izquierdo ni el ojo derecho querrán culpar al «PYREX que no es PYREX», a pesar de que sus padres a ello la incitaran. No procedieron estos señores legalmente porque ella, su hija, les revelará la omisión de los lentes de seguridad. De igual forma, todo ello perderá sentido: el ojo ya no vería sino la luz en forma grisácea y la obscuridad en forma negruzca y también grisácea.

El «PYREX que no es PYREX» se suspenderá un periodo completo para ganarse en la pérdida otra oportunidad. Porque él perderá el ánimo y dejará de ser plenamente feliz. Por los pasillos se encontrará, aunque ya no pertenecerá a su grupo escolar, al ojo que antes sería coqueto y que después no sería nada más. Si bien, el ojo izquierdo no lo culpará más por la pérdida del derecho, el «PYREX que no es PYREX» jamás quedará conforme y cada noche y cada día, cada segundo dos o tres, cuatro o cinco, ..., una eternidad inconmensurable, seguirá en su «Por mi culpa, por mi culpa» hasta terminar también quemado de los ojos por el ácido de la amargura. Lamentará la belleza borrada por su borrador imprudente impuesto sobre ambos ojos, tan femeninos, siendo que el derecho sería el único cicatrizado. Por su parte, el ojo derecho tal no lo «vería» así: su amor propio y seguridad irán más allá de bellezas banales.

Harán dos, tres, cuatro, ... algunos años de una culpa sin fin. Una bola de ignorancias y descuidos que desenmarañada por el ácido de precauciones sutiles, cruciales, se descompondrán en verdades recalcitrantes para todos. Ya lo sabrán y se ha mencionado, entre el «No debí verter el agua así» y el «¡Quién diablos no les explicó las normas de laboratorio!».

Pero, ¿qué es el futuro escrito cuando sólo se trata de una adivinanza?; o no hay tal adivinanza en el destino ineludible. O será eludible toda aquella adivinanza feliz o infeliz. Dicen «accidente es el acto peligroso aunado a la persona peligrosa». Y si la adivinanza es el peligro, nadie puede develar el significado del accidente. El futuro no es soportable o insoportable. No existe. Sin embargo, a cualquiera le causaría dolor una fotografía de éste, al igual que las fotografías del pasado, o peor. Miedo a lo que debería ser desconocido y se ha tornado del dominio presente. La culpa por el futuro que lleva a ejecutar o no tal o cual cosa. A intentar socavar tal o cual designio profético; la profecía justificada. Entonces léase que el ojo acidulado vivirá a la par del izquierdo mientras la adivinanza sea cierta y se confíe en ella. La culpa del futuro socavando peligros, o la culpa del futuro incitando al riesgo. Riesgo que aguarda en objetos o en personas, o lo mismo somos objetos y personas. Rondarán imágenes y se agotarán las calmas. Sin calma por un susto desde lo inexistente. Certezas extrañas, hipotéticas, que más allá de lo trágico suponen lo armonioso. Prevención, se llama prevención.

18 de Marzo de 2013
 
Esta entrada participa en el XXVI Carnaval de la Química que organiza Luis Moreno Martínez (@luisccqq) en su blog El cuaderno de Calpurnia Tate.
 
 

martes, 11 de junio de 2013

CASI TODO ES ESPACIO VACÍO



Para #PasiónPorLaQuímica. 
Los hechos aquí narrados son ucrónicos.

Refunfuña. Llega su alumno y lo descubre refunfuñando. Histérico. Le pregunta «¿Se encuentra bien?», para no errar y preguntar «¿Por qué tan de malas?». Sigue refunfuñando. Toma el bulbo, una suerte de cinescopio de televisión, una promesa para el futuro. El joven visitante toma la carta que halla sobre el escritorio del laboratorio. Lee: «Por medio de la presente, es un honor para la Academia Sueca anunciarle que en esta octava entrega del premio Nobel de Química usted ha sido seleccionado para recibir dicha condecoración.» Entonces comprende la situación, aunque en términos medios, pues siempre toda teoría implica horadaciones en la comprensión. Le dice con cierta aprensión al profesor «Me alegro. Felicidades.» El profesor gira su rostro hacia el muchacho, y éste cambia la expresión jovial que sostiene por una más temerosa de la reacción impredecible de su mentor. Sin más, el profesor retoma su sitio en el costado izquierdo de la mesa de trabajo. Revisando unos documentos, papeles inscritos algunos con ecuaciones, otros con simples letras y firmas, estalla a llorar. Se pregunta, sin hacer caso del alumno «¿Por qué?». Vuelve a preguntarse tres, cuatro, cinco veces, con más fuerza e ímpetu furioso «¿Por qué?». El joven visitante no sabe cómo reaccionar. Intenta sonreír, pero el temor a una reacción más explosiva inhibe tal intención. Desea alejarse, pero el temor a una reacción en forma de replesalia inhibe también esta intención. Ahora piensa el joven «¡A buena hora vine!», y cambia sus ojos a una mirada torva, entre el fastidio y la preocupación. Espera a que termine de llorar su profesor, pero no de sollozar.

Toma la iniciativa y se acerca. Coloca su mano en el hombro derecho del profesor y le dice unas palabras para intentar reconfortarlo «¿Sabe?, siempre creí que usted era alguien brillante. ¡Por eso lo busqué desde un principio!». Sin embargo, el profesor no escucha realmente lo antes dicho. Sigue para sus adentros en la euforia de la carta sorpresiva. «¡Ah!, esos me las van a pagar. ¡Sí!, me nominaron para el de Química, ¡nunca se les ocurrió nominarme para el de Física! ¡Desgraciados!». El joven no sabe qué hacer. Desesperado, abraza al profesor y le dice «Ya profesor, ya, de todas formas se lo ganó». El profesor retira agresivamente y de inmediato los brazos de su alumno. Entonces rompe la introversión que lo bloqueaba desde que abrió la carta y señala «Estás muy joven para entenderlo. ¡Es que ellos me odian!». El pupilo interviene, aprovechando que su profesor está dispuesto a dialogar: «Si lo odiasen, ni siquiera lo hubiesen nominado». Pero el hombre sigue indignado, lleno en su cólera, todo a sabiendas de que necesita verdaderamente el dinero para continuar sus investigaciones. Sigue como un mar de lamentaciones, un mar seco, pues ha dejado de llorar por completo. Lamenta su libro, la tesis, lamenta todos los artículos publicados. Lamenta las conferencias y lamenta su necesidad monetaria constante. Nunca en todo ese tiempo suelta el bulbo. Casi lo rompe, y deseo no le sobra, pero no es idiota: esas cosas cuestan una fortuna. Con más cordura y compostura, le tiende el objeto a su alumno para que lo deje en su sitio. El visitante abre la gabeta con el panel de cristal, y coloca el bulbo a lado de otros dos bulbos que no están en servicio, pero que serán muy útiles para experimentos posteriores. Voltea para ver al profesor, pero él ha salido del habitáculo. Sin más, el joven piensa en abandonar el ámbito, pero justo antes de atravesar la puerta llega de vuelta el profesor. Éste le pregunta a su alumno «¿A dónde vas?». Le responde éste «Creí que se había ido». El profesor se deshace del saco que lo encubre con toda su gallardía, una constante en los hombres a comienzos del siglo XX.

– ¿Cuántas veces has visto el rebote?
– Ninguna.
– Trae de vuelta el bulbo.
– ¿Lo va a instalar?
– ¡Claro, tenemos que celebrar!

Hace tal cual le pide su profesor. El hombre mueve las manos con experiencia, ajusta la delgadísima placa de oro; otra fortuna. Conecta el condensador y éste se calienta rápidamente. Lo apaga. Le dice a su alumno «A veces se sobrecalienta, pero normalmente sólo se siente un viento tibio». Le pide que le facilite los conectores. Son gruesos, cubiertos por un cuero que les da aún más grosor. El bulbo es adaptado con sus conectores a la pantalla. El profesor ajusta el empaque: nada debe ni entrar ni salir. La pantalla es redonda y tiene una placa obscura. Donde el bulbo es adaptado, se encuentra un condensador de forma cuadrada: un prisma cuadrangular. El inductor conectado mantiene la electricidad en su forma óptima. El inductor sigue caliente por el encedido de prueba. Le dice el profesor a su alumno «No lo toques, que quema». El alumno se limita a seguir con la mirada los pasos del profesor. Así, el profesor termina de instalar el aparato. Parece dominarlo todo, como si aquello fuese una rutina constante. Vuelve a activar el inductor. También enciende la bomba de vacío conectada al ambiente interior del bulbo y la pantalla. Luego de succionar el aire de ese ambiente, conecta el bulbo a la fuente de electricidad. Se calienta demasiado y el laboratorio adquiere un aire sofocante. Del bulbo brota un rayo colorido y fino. Un rayo verduzco que sólo puede verse al final, sobre la pantalla, un rayo con forma de punto. Parece no moverse, pero tras unos segundos el punto luminoso se dirige hacia arriba, unos pocos milímetros desviado, y nuevamente regresa a la posición original. Pasan otros segundos y nuevamente el rayo se desvía de su sitio, pero esta vez hacia abajo. Continúa por un minuto más y el rayo cambia de posición levemente, luego de forma acentuada, luego levemente. La desviación y la recuperación de la posición del rayo es brusca, casi inmediata, y en todas direcciones. El profesor apaga el condensador y el rayo que en todos los casos siempre se situa normalmente por arriba del centro toma entonces preferencia por el centro de la pantalla. Las desviaciones siguen presentándose. En ocasiones arriba, en ocasiones abajo, y en ocasiones a los lados y por doquier.

El alumno cree haber visto el tal “rebote”. Toma su abrigo precipitadamente y el profesor le dice «Todavía no terminamos». El joven, que ya estaba de pie, vuelve a tomar asiento. Le pide el hombre a su alumno que retire el bulbo así como lo vio ser colocado, o sea con cuidado. Así lo hace, aunque sin el dominio de la experiencia. El profesor muestra un bloque de plomo y cubre con éste el área antes ocupada por el bulbo. Luego le encarga a su alumno adherir una placa fotográfica al interior de la pantalla. El joven toma la placa que encuentra sobre la mesa de trabajo y la ajusta al interior de la pantalla, que estaba abierta y sin ajustarse al empaque. Cierra las pinzas que sostienen la placa y cierra la pantalla. El profesor se acerca al bloque de plomo y agrega en su interior, según dice, polonio. «El polonio “quema”», le aclara a su alumno que ni siquiera alcanza a ver los gránulos agregados. El profesor cierra el frasco donde se encontraba el polonio. El frasco también es de plomo. Ajusta entonces el bloque al resto del aparato, pegado como antes el bulbo a la pantalla. El profesor activa la bomba de vacío cuando todo se encuentra cerrado y sellado. La apaga y abre la única compuerta del bloque de plomo. Se alcanza a ver un orificio que apunta hacia la pantalla. Comienza a verse un punto al centro de la placa fotográfica, muy semejante al rayo verduzco. Luego, pasado cierto tiempo, aparecen puntos desviados arriba y debajo del centro. Los puntos no se mueven, sino que allí permanecen pues la placa fotográfica ha sido revelada. También aparecen puntos a los costados, pero siempre muy cerca del centro. El profesor le pregunta a su alumno si aún tiene tiempo. Él responde que no mucho. No desea estar sin hacer nada. No desea acompañarlo.

Tras la respuesta, el profesor saca de un cajón el ejemplar antiguo de una placa ya trabajada. Allí hay puntos en la parte más extrema de la placa, casi fuera de ella. Le muestra a su alumno ese trabajo. Luego le muestra una placa con tres puntos ligeramente fuera del centro. Le pregunta a su alumno dónde cree que fue colocada dicha placa. Le responde que en la pantalla. El profesor sonríe, como si no hubiese llorado a la media hora previa. El joven visitante no sabe qué hacer y decide retirarse, dejando así de apreciar la placa fotográfica y todo el complejo armado. El profesor le dice sin premura, parsimoniosamente, «La placa fue colocada allí», y señala con su dedo blanco y largo la caja de plomo.

– ¿La colocaron en la caja?
– Sí.
– Pero, ¿por qué se ven tres puntos?
– Fue mal colocada, más bien, la colocaron mientras jugaban mis colaboradores inexpertos. El punto del “centro” es este. – El hombre señaló alguno de los tres.
– Y los otros, ¿de dónde salieron?
– Adivina.
– No sé.
– Di lo que sea.
– ¿De la placa?
– Sí.
– Pero...
– Eso mismo pensé. Observando esta placa – el profesor regresa a la primera–, el punto casi sale de ella. ¿Por qué no creer que los puntos pudieran estar del lado contrario de la pantalla?

El muchacho se olvida de sus objetos personales. Quiere llegar al final de todo ese embrollo. Le pregunta al profesor de qué se trata todo eso. El profesor entonces enciende el condensador y el punto casi fijo en el centro se desplaza repentinamente hacia la parte inferior de éste. Se acentúa y luego nada. Pasa un rato y nuevos puntos aparecen no muy lejos del nuevo centro. El profesor apaga el condensador y cierra la caja de plomo. Abre el orificio donde se conecta la bomba de vacío, pero no la conecta, y el aire ingresa con prisa al interior del espacio entre el bulbo y la pantalla.

– Ya viste que el polonio emite rayos. – Comienza a exponer el profesor. – Son positivos, pues se fueron con el mismo condensador al lado contrario que al activar el bulbo con la luz verde. Esa luz es negativa porque el campo eléctrico al interior del condensador va hacia abajo y el rayo se dirigía hacia arriba. Lo viste.
– Sí, lo vi.
– Bueno, si los rayos tienen carga eléctrica, y está todo al vacío, ¿por qué se desvían? ¿Qué los desvía?
– No sé.
– Adivina.
– ¿Qué? ¿La placa de oro?
– ¡Vaya!, adivinas muy bien. – Dicho esto, el joven visitante se sonríe; el profesor prosigue. – El rayo atraviesa la placa. Casi ninguno de los rayos se mueve. Casi siempre se mantienen al centro. Pero a veces los rayos aparecen fuera del centro porque hay algo en la placa que los desvía. No debe ser abundante, porque los rayos suelen estar al centro, pero hay algo, eso es seguro. Algo de carga eléctrica positiva o negativa. Ambas.
– ¿La placa está cargada positiva o negativa?
– Ambas. La placa de oro está compuesta por ambas cargas.
– Pero no debe ser muy abundante, dice usted.
– El resto debe ser espacio vacío solamente. No te mostré una imagen de rayos verdes justo a lado contrario de la pantalla. ¿Por qué crees?
– No sé, ¿porque no quiso?
– Ja, ja, ja, no. Fue porque allí no se ve nada. El rayo nunca sale de la pantalla. Se aleja a veces del centro, pero de la pantalla no sale.
– Y entonces, ¿por qué el rayo de polonio sí sale de la pantalla e incluso, como dice usted, llega al lado contrario?
– Porque hay algo que es grande y positivo en la placa de oro. No fueron muchos los puntos de rayos positivos en la placa al lado contrario de la pantalla, pero los hubo.
– ¿Algo más grande que lo negativo de la placa?
– Sí, algo más grande. Más voluminoso que lo negativo, pero con la misma carga, pues la placa en total es neutra; no está cargada eléctricamente. Jamás la conecto a una fuente de electricidad.
– ¿Y qué saca de todo esto?
– Mi profesor Thomson supuso que todo estaba compuesto de partes pequeñas con carga positiva y negativa. A las partes las llamó átomos, y a las cargas negativas electrones. En eso estamos de acuerdo ambos. Pero él decía que los átomos tenían las cargas pegadas unas con otras, positivas con negativas. El experimento muestra que casi todo es espacio vacío, así que en realidad las cargas no están pegadas, sino muy separadas.
– Además de que las cargas positivas deben ser mucho más voluminosas que las cargas negativas.
– Así es. Con los rayos verdes y los rayos positivos calculé que la masa de los rayos positivos es siete mil veces mayor que la masa de los rayos negativos.
– ¡Siete mil! Eso es bastante.
– Sí. Entonces casi toda la masa de la placa proviene de las cargas positivas en los átomos que sugería mi profesor. Aún así, casi todo es espacio vacío, te repito, porque las desviaciones no son demasiadas, apenas ocasionales. Los rayos pasan entre las cargas de los átomos que conforman la placa.
– Que casi toda la placa es espacio vacío, pero yo alcanzo a ver la placa perfectamente.
– La ves porque la luz se refleja sobre ella, y la luz es orientada de igual forma que los rayos son orientados por la placa. Que lo veas no implica que todo esté lleno, sino que hay mucha luz desviada.
– Déjeme entender. Que todo está hecho de átomos con cargas positivas y negativas.
– Así es.
– Que las cargas positivas tienen casi toda la masa de esos átomos y por eso tienen casi toda la masa de las cosas, como la placa.
– Así es.
– Pero casi todo es espacio vacío.
– Exacto. Has entendido perfectamente.
– En parte he entendido, en parte no. Digamos estoy asimilando el descubrimiento.
– Aún hay más.
– ¿Más?
– Sí. Porque las cargas están separadas, pero ligadas. Siguen formando de alguna manera a los átomos.
– ¿Y cómo están ligadas?
– Por las fuerzas eléctricas, siguiendo la ley de Coulomb.
– Pero, ¿no se atraerían las cargas negativas y las positivas? Eso no podría ser, porque usted observa que casi todo es espacio vacío.
– Las cargas deben estar girando unas alrededor de las otras, como los planetas alrededor del Sol.
– ¡Cierto! Las negativas alrededor de las positivas y las positivas alrededor de las negativas.
– No.
– ¿No?
– No. Las negativas alrededor de las positivas solamente.
– ¿La masa de las positivas influye, por gravedad, en las negativas?
– No es por eso. Las masas de ambos tipos de cargas son muy pequeñas. La gravedad casi no influye. Es más bien porque las negativas salen con mayor facilidad de los átomos. Cuando enciendo el bulbo sólo salen cargas negativas, porque deben estar en la parte exterior de los átomos. Si estuvieran al interior, lo primero que saldría volando serían cargas positivas. Por ejemplo, si tú golpeas el piso arenoso, ¿qué sale volando primero, lo de hasta arriba o lo de hasta abajo?
– Lo de hasta arriba.
– Pues es lo mismo. El bulbo se calienta y es como si el aparato golpeara a los átomos con ese calor. El bulbo es un foco muy potente; el alambre que tiene adentro se calienta. Si se golpean sus átomos y lo que salen son cargas negativas, quiere decir que éstas se encuentran por fuera de los átomos, mientras que las cargas positivas están al interior.
– Entiendo.
– Por eso le llamé a la parte positiva el núcleo de los átomos.
– El núcleo atómico. Y, ¿por qué lloraba, si le dieron un premio? – La inquietud inicial no había abandonado al joven visitante en ningún instante.
– ¡Porque es de Química, y he pasado toda mi vida trabajando arduamente para la Física! Los profesores de la Universidad me odian. Si me hubiesen nominado correctamente lo hubiesen hecho para el premio de Física, no para el de Química. Como saben que necesito el dinero aunado al premio, me llena de rabia e indignación lo que hicieron... ¡Ah!
– ¡Tranquilícese!, no es para tanto.

El muchacho toma la carta y vuelve a leerla, y continúa en todos sus términos. Allí dice «por sus investigaciones en la desintegración de los elementos y en la química de las sustancias radiactivas». Reflexiona unos instantes entorno al significado de la parrafada. Entonces recuerda al polonio. Le pregunta:

– ¿Por qué utilizó el polonio?
– Adivina.
– Bien. De él salen cargas positivas y éstas se encuentran al interior de los átomos. ¿Cierto?
– Cierto.
– Entonces... El núcleo, ¿se divide en partes?
– ¡Eso! Unas salen volando y las vemos en la placa. Las otras se quedan en los átomos.
– Entiendo. – Dando muestra de audacia, el muchacho arriesga – Entonces el polonio “quema” porque es radiactivo.
– Leíste bien la carta, la leíste bien.
– Entonces, ¡todo el llanto no es para tanto!
– ¡Cómo!
– Descubrir de qué están hechas las cosas me suena más a Química que a Física. Es más, usted descubrió algo químico empleando métodos físicos. Eso es muy notable.
– No me suena, no, no y no.
– Está bien, está bien. ¿Cuándo le dan el premio?
– El diez de diciembre. Tengo que ir a Suecia.
– Eso leí. Es demasiado lejos.
– Vamos, te invito un café. Quiero olvidarme de este oprobio en contra de mi persona.

Profesor y alumno salen del laboratorio. El profesor gira el cerrojo y guarda la llave en su bolsillo del saco, del lado izquierdo y muy cerca de la leontina heredada, la leontina de familia. O quizá muy lejos de ésta, pues casi todo es espacio vacío.

12 de Junio de 2013


Esta entrada participa en el XXVI Carnaval de la Química que organiza Luis Moreno Martínez (@luisccqq) en su blog El cuaderno de Calpurnia Tate.

[Esta entrada participa en la VII Edición del Carnaval de Humanidades alojado por @jlmgarvayo en el blog Afán por saber.]